La historia de una samurai
La condición de guerrero "no era
privativa de los hombres".
Existían también las Onna-bugeisha, guerreras que
pertenecían a la nobleza de Japón
Por Pablo Rodríguez.
Los guerreros samurai transmiten una imagen y un código que
muestra la esencia misma de la cultura japonesa, ya sea por lo estricto de su
formación, lo riguroso del sentido del honor y la forma en que se desempeñaban
en el campo de batalla.
Pero la condición de guerrero no era privativa de los
hombres en el Japón antiguo. Existían también las Onna-bugeisha, que eran una
especie de guerreras que pertenecían a la nobleza de Japón.
Algunos ejemplos de Onna-bugeisha que se transformaron en
verdaderos íconos dadas sus notables condiciones de guerreras son Tomoe Gozen, Nakano Takeko y Hōjō
Masako.
Según explica el sitio The Vintage News, estas mujeres
también combatían en el campo de batalla, generalmente junto a los samurais.
Eran parte del grupo social Bushi (el mismo de los samurai) y tenían
entrenamiento en el uso de las armas, vestían armaduras y estaban capacitadas
para defender las propiedades de la familia y el honor en tiempos de guerra.
Eran hábiles en el uso de las naginatas (especies de lanzas
con un cuchillo en la punta), del kaiken (un cuchillo corto y extremadamente
afilado) y del tanto Jutsu, un arte de pelea usando cuchillos que era muy
efectivo y letal con los oponentes.
La siguiente galería muestra a algunas en su tenida de combate y con sus armas, lo más
cercano a los samurai, pero en versión femenina. Estas son las Onna-bugeisha,
respetadas y letales guerreras japonesas:
Por Edmundo Fayanas Escuer
En la mayoría de las sociedades del pasado eran los hombres
quienes se ocupaban de las guerras, pero hay constancia histórica de mujeres
que lograron hacerse un nombre como guerreras.
En la mayoría de las sociedades del pasado eran los hombres
quienes se ocupaban de las guerras. Hay constancia histórica de mujeres que
lograron hacerse un nombre como guerreras. Estas mujeres, fueron reconocidas no
sólo como guerreras temibles, sino también como grandes estrategas.
Entre los siglos XII y XIX, mujeres samuráis fueron
entrenadas en el uso de la espada, la naginata, el arco y la flecha. El papel
de estas mujeres era meramente defensivo, para que aprendiesen a proteger sus
hogares en caso de ataque. Lo que marca la diferencia de estas samuráis de
Tomoe era, que ésta no solo era defensiva sino también ofensiva.
Tomoe nació en torno al año 1157. Hija de un prestigioso
samurái, había sido instruida en las técnicas de combate, como todos los
familiares de los guerreros. Tomoe era especialmente hermosa, de piel blanca,
pelo largo y bellas facciones. La palabra gozen no es un apellido, sino un
título honorífico que se concedía mayormente a mujeres, aunque también a
algunos hombres.
Algunas mujeres eran instruidas en el arte marcial de la
naginata para proteger sus hogares durante las largas ausencias de los
guerreros samuráis. La naginata era una suerte de lanza de madera, que llevaba
acoplada una hoja metálica. Tomoe aprendió a dominar la naginata con gran
soltura y eficacia. Amante de la lucha, Tomoe se familiarizó también con el uso
del arco y dominó a la perfección los caballos.
Cuando su padre estaba en casa, le escuchaba embelesada los
relatos de sus batallas, y soñaba con convertirse en una onna bugeisha, o mujer
samurái. Consiguió persuadirle para que le enseñase a montar a caballo y le
entrenase en el manejo del arco, la naginata, y el kaiken. Este era un puñal
corto que demostraba su utilidad en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, y a la
hora de perpetrar el jigai, o suicidio ritual, aunque confiaba no tener que
utilizarlo nunca para tal propósito.
Esta lanza terminada en una hoja curva y afilada, de largo
alcance y muy versátil, permitía compensar la menor fuerza y tamaño de las
mujeres respecto a los rivales masculinos, golpeándolos y acuchillándolos,
antes de que se pudiesen acercar con sus katanas, cuyo uso requería una
potencia muscular tremenda.
Desde el inicio fue una alumna aventajada. Dada su maestría
y pericia como amazona, y por el empleo diestro de su arco, pronto comenzó a
acompañarle en los combates, en los que enseguida despuntó por su valentía. Sin
duda, podía presumir de su brillante y meteórica carrera militar.
Minamoto no Yoshinaka se había fijado en ella por su
soberbia forma de combatir, lo que le había llevado a nombrarla comandante de
su ejército. Pero también quedó fascinado por su esbelta silueta, sus hermosas
facciones, su pelo largo y por su piel blanca, de tal manera que lentamente la
atracción que sentía por ella como combatiente derivó en un apasionado amor. No
se sabe con seguridad si fue amante o también esposa.
Desde hacía décadas, los clanes Taira y Minamoto competían
por el dominio del archipiélago. Al cabo del tiempo, el señor del Trono del
Crisantemo (máxima autoridad de Japón) había ido perdiendo su autoridad,
quedando reducido a una figura simbólica, en tanto que los militares eran los
que detentaban el verdadero poder imperial.
Tras un largo periodo de crisis política y económica, los
gobernadores de las provincias, encargados de sofocar las revueltas populares,
habían acaparado un enorme poder. Surgieron diversas familias que se disputaban
el cargo de Daijō Daijin o Gran Ministro de la corte del emperador, y a la
sazón el control de Japón, entre las que destacaban los Taira y los Minamoto,
clan al que pertenecía Minamoto no Yoshinaka y Tomoe Gozen.
Unos veinte años atrás, estas dos mismas familias habían
protagonizado una guerra civil, en la que los Taira habían aplastado a los
Minamoto, ejecutando a sus cabecillas. Cuando su marido Yoshinaka y su primo
Yoritomo, hijos de aquellos líderes vencidos, alcanzaron la mayoría de edad y
se vieron con fuerzas suficientes, resolvieron vengar a sus padres y resto de
parientes fallecidos, y desafiar nuevamente al clan Taira.
Fueron derrotados en las primeras batallas, pero después de
dos años de tregua por la hambruna que padecía el país, consiguieron la ayuda
de otros linajes, como los Miura, los Takeda, los Kai o los Oba, lo que hizo que la guerra se reanudara y tuviera
un cariz más favorable.
Tomoe Gozen, al frente del ejército de los Minamoto, infligió
una notable derrota a los Taira en el paso de Kurikara, que provocó la
conquista de Kyoto y conllevo el secuestro del emperador.
Tras esos triunfos, se creyeron invencibles, y determinaron
que había llegado la hora de reavivar la rivalidad entre los primos por el
liderazgo del clan Minamoto. A su lado acudió Imai Kanehira, hermano de
Yoshinaka y magnífico guerrero, mientras que, enfrente, Yoshitune y Noriyori,
también respondieron a la llamada de su hermano Yoritomo.
Las tropas de las dos facciones se encontraron en el río
Uji, donde se desarrolló una cruenta guerra en la que, en esta ocasión,
resultaron derrotados Yoshinaka y Tomoe. Esta derrota fue ocasionada por las
especiales habilidades de combate y estrategia de Yoshitune. Con las fuerzas muy
mermadas, lograron huir al frente de un exiguo grupo de fieles sirvientes.
Dos días más tarde, las tropas de Minamoto fueron acorraladas nuevamente en
Awazu, a las orillas del lago Biwa. A pesar de la inferioridad numérica,
resistieron los ataques de las tropas de sus primos, que en esta oportunidad
capitaneaba Noriyori. No obstante, la victoria estaba decantada a favor del
bando rival, esta vez de modo definitivo. Sólo era cuestión de tiempo.
Sin pensárselo dos veces, Tomoe Gozen montó en su caballo, y
se dirigió hacia un claro donde se encontraba uno de los generales enemigos.
Desmontó y le propuso un combate individual. El general era muy corpulento,
pero Tomoe estaba acostumbrada a pelear con samuráis de extraordinaria
envergadura.
Cada vez le resultaba más difícil parar los golpes de la
katana del general por su corpulencia. Cerró los ojos, y la imagen de Yoshinaka
al partir con su cabalgadura hacia las líneas enemigas, le dio energía para
propinar un terrible golpe con su naginata, arrancando la cabeza de su
oponente.
En la sociedad japonesa cortar la cabeza de un contrincante
digno constituía un gran motivo de orgullo y reconocimiento, pero Tomoe no
pensaba entonces en su gloria personal. Sin apenas descanso, un joven samurái
que había presenciado el combate le retó a batirse con él. Aceptó, pues su
misión era la de ganar tiempo y resistir todo lo que pudiese.
El joven samurái era bastante hábil, aunque la afectación
que le había producido la muerte de su general hacía, que sus movimientos
fuesen torpes. Tomoe le propinó un buen toque con su alabarda en la pierna. En
ese instante, volvió la mirada hacia el emplazamiento donde había dejado a
Yoshinaka. No pudo hacer otra cosa que abandonar el combate, aprovechando el
desconcierto del corte que había asestado al rival, y montar de un salto en su
caballo para regresar al lado de Yoshinaka..
Conforme a la costumbre, a la vista de la inminente derrota,
y con el objeto de lavar su honor, Yoshinaka había tratado de consumar el
seppuku, consistente en escribir una poesía para luego darse muerte con la
daga. Ella lo sabía, y por eso intentó prolongar la batalla, para que él
pudiera completar el ritual. Antes de que se clavase el puñal, se habían
presentado unos arqueros enviados por el joven samurái herido, y le habían
matado con varias flechas en el pecho.
Tomoe ya no podía hacer nada por él. Recogió el poema, y
huyó entre los combatientes, sin que alcanzaran a detenerla. Permaneció la
noche entera oculta en el bosque de cedros, cipreses y pinos, sin dormir,
atenta a los sonidos y olores, hasta que se alejó el peligro.
Minamoto no Yoshinaka y Tomoe Gozen lucharon juntos en las
guerras Genpei que se desarrollaron entre los años 1180 y 1185.
Vagó sin rumbo durante muchos días, pensando qué haría a
partir de entonces. Al final decidió recluirse como monja en un monasterio
budista. Finalizada su etapa de samurái, en adelante se consagraría a la
contemplación. Pone rumbo al Monte de la Meditación Eterna.
En el monte santo de Koyasan encontró asilo en una de sus
congregaciones femeninas. El ingreso en la Sangha, le obligaba desprenderse de
su lanza y de su daga corta. Las únicas pertenencias que podían poseer eran
tres túnicas, una cuchilla para raparse la cabeza, aguja e hilo, un cinturón y
un cuenco para los alimentos. Por ello, y por si algún día se arrepentía del
paso que había dado, escondió estas armas dentro de un tronco del bosque
sagrado de Okunoin, a corta distancia del monasterio.
Habían transcurrido unos años desde que llegó a aquel
recinto del monte Koya, rodeado de ocho picos a semejanza de los ocho pétalos
de la flor de loto que circundan a Buda, sentía que había experimentado un
cambio profundo. Por fin había encontrado la paz, la concentración y la armonía
con la naturaleza y con su propia alma.
Unos años después de su llegada sucedieron una serie de
hechos que conmocionaron a su
congregación. Últimamente y siempre de noche, mientras dormían, alguien se
dedicó a realizar hurtos y destrozos en los objetos del templo. Varias
estatuillas, imágenes, pilares o cuadros habían resultado rotos o habían sido
robados, con el objetivo de atemorizarlas y expulsarlas de aquel enclave.
Buda había admitido que las mujeres también fundasen
congregaciones de bhikkhunis, creyendo que podían alcanzar el nirvana igual que
los hombres. Se había establecido unas normas mucho más estrictas en su
monacato, en un principio con el objetivo de protegerlas, habida cuenta de su
aparente debilidad.
Muchos de los monjes que habitaban en los distintos
monasterios del recinto eran de la misma opinión, y las consideraban como seres
inferiores. No había habido problemas graves de convivencia hasta entonces,
pero poco a poco la situación fue empeorando.
Una mañana, después de la ceremonia del fuego, Tomoe
acompaña a la superiora de su comunidad a la reunión que debía mantener con el
abad del santuario de Kondo, el guardián de la gran estupa Daito, el
responsable del salón Mie-do del Honorable Retrato, y otros relevantes monjes.
Expusieron sus miedos y padecimientos, solicitándole ayuda para que terminaran
los ataques que sufrían. La respuesta que obtuvieron fue de comprensión, más no
les dieron ninguna solución al conflicto.
Tomoe no se enfadó tanto como la abadesa, porque durante
muchos años había sobrevivido como mujer samurái en un mundo esencialmente
masculino, era consciente de la poca ayuda que de ellos podían esperar. Lo que
sí le inquietó fue la incómoda y penetrante mirada del acólito del abad de Kondo,
que no pudo quitarse de encima el resto del día.
No conseguía dormir por la noche pensando en esa mirada. Por
su cabeza pasaban cientos de ideas y de las que no conseguía olvidarse, pese a
su adiestramiento. Salió a dar un paseo por el bosque santo de Okunoin, a la
luz de la luna.
Inmediatamente se dio cuenta que en el paseo era vigilada
por Kobo Dashi, que caminaba junto a ella, protegiéndola. Después atravesó el
puente medio o Nakano-Hashi, para franquear el Río Dorado. Purificó su espíritu
con sus aguas, se dirigió hacia el recinto sagrado. Atravesó el último puente
de Gobyo-no-Hashi, juntó las manos y agachó la cabeza.
Pasó al lado de Torodo, el edificio donde miles de linternas
se mantenían siempre encendidas, y se dirigió hacia Gobyo, el mausoleo en el
que descansaba en perpetuo satori o meditación los restos del gran Kūkai,
conocido tras su muerte como Kobo Daishi, hasta la llegada del nuevo Buda.
Estuvo meditando unos minutos, intentando abstraerse de los
sonidos de la noche. Notó que la serenidad le hacía recuperar el control de su
mente, y volvió sobre sus pasos para regresar a aquel árbol cercano al templo,
en el que escondía sus bienes más preciados: su naginata, su puñal, y los
postreros versos de Yoshinaka. Percibió que el espíritu de Kobo Daishi se
despedía de ella, y sintió un profundo escalofrío.
Vio cómo una persona se aproximaba al monasterio. Caminaba
de forma decidida, y portaba un objeto brillante, que con la claridad que le
daba la luna llena, Tomoe reconoció dicho objeto como una katana. Podría ser la
misma persona, que había estado provocando los daños en las últimas semanas.
Tomoe no vaciló, agarró la naginata, y se dirigió velozmente
hacia la figura. Aun en la penumbra, pudo identificar aquel rostro, que se
había vuelto hacia ella cuando oyó su carrera. Se trataba del acólito que
escoltaba al abad en su reunión de la mañana.
En un segundo, el hombre también arrancó a correr a su
encuentro, blandiendo la katana en la mano. Miles de ideas fluyeron en mente de
Tomoe, hasta que relacionó la cojera del
sujeto con la herida que le infligió a aquel bisoño samurái en Awazu.
No le había reconocido por la mañana, acaso porque llevaba
su cabeza rapada. Mientras se aproximaba, ella siguió haciendo conjeturas
acerca del joven discípulo del samurái al que abatió, y fue quien dio la orden
de que ejecutasen a su marido antes de que pudiese completar el seppuku.
Ella había superado la pérdida de su amor, y su espíritu
había encontrado la calma durante estos años de internamiento. Pero el joven
samurái estaba claro que no lo había conseguido, ya que no superó el odio hacia
las mujeres, que quizás ella había originado cuando ajustició a su preceptor.
Seguro, que el inicio de todos aquellos destrozos coincidía con su reciente
llegada al enclave de Danjo Garan.
Ante el inminente combate, debía concentrarse en evitar el
ataque del guerrero, que se había acercado demasiado. A diferencia de sus
antiguas contiendas, en las que iba pertrechada con la pesada armadura, de
hierro macizo solamente aligerada en algunas zonas con piezas de cuero, para
dotarle de cierta movilidad, ahora vestía la yukata, una túnica ligera que no
la protegería de la estocada del afilado sable.
El samurái ya se había aproximado demasiado como para poder
batirlo con su alabarda. Solo le quedaba confiar en un tajo certero de su
estilete. Cuando se arrojó sobre ella, sorteó el golpe con un desplazamiento
sutil de su torso, en tanto que con un leve movimiento de su brazo, alcanzó el
vientre del samurái.
Hacía tiempo que no tenía un enfrentamiento cuerpo a cuerpo,
y a pesar de su precisión en el lance, estaba segura de que se había abalanzado
sobre ella sin intención de matarla, sino muy al contrario, esperando recibir
un corte mortal.
Él sabía que esta era la única manera, en que ambos podrían
descansar al fin en paz. Tomoe lo certificó cuando aquellos ojos le brindaron
una mirada de agradecimiento antes de morir. Tomoe limpió su daga, y la guardó
en el tronco, convencida plenamente de que, ahora sí, nunca más la necesitaría.
No se sabe con certeza cuando murió Tomoe.
Con el paso de los
años se convirtió en un símbolo de Japón. En el siglo XV se escribió una pieza
teatral titulada “Tomoe”. En el siglo XVIII se escribió una obra kabuki sobre
Tomoe titulada “Onna Shibaraku”.
Se crearon numerosas planchas xilográficas sobre Tomoe y sus
hazañas. Actualmente su figura aparece en animes, mangas y vídeo juegos.
Fuentes: nuevatribuna, guioteca
Gracias por visitar Shiawáse.